viernes, agosto 27, 2004
He estado tratando de marcarle por teléfono desde ayer a mi novio, Jorge Rubio, quien me ha pasado el número del hospital donde trabaja (en Texcoco) en un e-mail. Lo malo es que suena siempre como ocupado, creo que no marqué bien la clave de larga distancia. Nos veremos un rato hoy en la tarde (pues tiene una boda mañana temprano).
Mi plan para hoy en la noche es ir a bailar al Living, hace unos días en la premiere a la que fuí me regalaron un pase de cortesía (individual). Nunca he ido ahí y es el antro de moda, todos los famosos van ahí, sean gays ó no. Realmente no tengo muchas ganas de ligar, sigo todavía con la cruda moral de la plática que tuve anoche con mi papá, sólo quiero conocer el lugar, ver gente bonita y bailar (no soy un santo, no voy a encerrarme en un nicho a recibir adoraciones... que bien puedo recibir en cualquier otro lado).
Creo que voy a dejar de ver a Alejandro, el argentino. Se está encariñando demasiado de mí y tengo que ponerle un alto antes de que vaya más lejos. No soy "mala leche", simplemente soy realista. Si quiero cumplir mi propósito debo eliminar las distracciones.
Ya fue la inauguración de la Bienal Tamayo, realmente no me siento triste por no haber participado (tampoco por no haber ido a la fiesta). A través de mi amigo Miguel Estévez me enteré que de mil quinientas obras enviadas, sólo cincuenta fueron las elegidas. Siempre habrá más bienales, concursos y festivales. Mi amigo y yo estuvimos platicando mucho sobre el mercado del arte en México y las estrategias que toman los artistas para sobresalir. Nuestras expectativas son muy diferentes, él sería felíz dando clases de arte en Oaxaca (lugar propicio para crear obra profunda y rica) y yo triunfando en las galerías de arte de la Ciudad de México (lugar propio de elitistas), pero en el fondo los dos somos artistas y eso nos une. Quisiera aprender a hacer grabados como los que él hace, me ha invitado a tomar el curso en Coyoacán, pero es muy caro.


